viernes, 18 de mayo de 2007

La horda de oro (1968-1977)


Antes de la pos-posmodernidad
DANIEL SALGADO

Editorial: Traficantes de Sueños Precio: 28 €, 677 páginas, 2006
NANNI BALESTRINI Y PRIMO MORONI
Si en la reconversión del otrora imponente PCI en algo autodenominado Demócratas de Izquierda se realizó el proyecto de partido de la posmodernidad italiana, con el bricolaje que está a punto dar a luz al Partido Democrático lo que aparece es otro síntoma de la época pos-posmoderna. Para trazar un mapa de los caminos que llevaron a este yermo, puede utilizarse como guía histórica el monumental trabajo de Balestrini y Moroni, La horda de oro. Elaborado a partir de documentos políticos, contribuciones teóricas -de Paolo Virno, Toni Negri, Rosana Rossanda o Sergio Bologna-, recortes de prensa, letras de canciones o relatos orales, el libro, que explica lo que media entre los proyectos revolucionarios de la izquierda italiana en 1968 y en 1977 y la evolución que posibilitó sustituir la estrategia del asalto al poder por la del poder constituyente, no niega responsabilidades a nadie en la conformación del sistema de partidos existente actualmente en Italia. El que parte de la vanguardia intelectual -la que no entró directamente a las cárceles después de la ofensiva estatal amparada por el PCI- se integrara en la ofensiva neocon, a imagen y semejanza de ciertos izquierdistas franceses, tampoco excluye la existencia de mujeres y hombres íntegros que sobrevivieron al naufragio y continúan en la fractura del pensamiento crítico, antagonista.

Izquierda: el abismo entre movimientos y representación política



Izquierda: el abismo entre movimientos y representación política
Marco Revelli


El gobierno Prodi ya no está en peligro, pero sería un grave error continuar como si nada hubiese ocurrido. Es necesario reconocer que entre los gobernates y los movimientos existe ahora una incomunicabilidad de lógicas y de contenidos. A propósito de la crisis dell gobierno italiano de centroizquierda, Marco Revelli reflexiona con la solvencia, profundidad y originalidad que le son habituales sobre el abismo que separa a la izquierda institucional de los movimientos sociales.
Todos lanzamos –a qué a negarlo— un suspiro de alivio cuando en el Senado se alcanzó el voto ciento sexagésimo segundo. Y Prodi se volvía a levantar. Y Berlusconi se arrugaba.Y la pesadilla de un pasado que no acaba de pasar se desvanecía. Habría que ser masoquista para no compartir esas emociones. Y sin embargo...Y sin embargo suceden cosas que dan que pensar. Y sería injusto no considerarlas, por lo menos, como tema de debate.
Supongamos, por ejemplo, que se discuta durante años de no violencia (sin objeciones ni condiciones) y de paz como valor no negociable, y todos aplauden complacidos y se felicitan mutuamente entre ellos por los buenos sentimientos compartidos, y después, a la primera de cambio, al primer bandazo del gobierno, helos ahí todos, alineados y prestos (a excepción de un par) a votar los créditos de guerra. A regalar algunos millones de metros cuadrados de nuetro territorio para una base militar que incluso el senador Andreotti declara inútil y sin sentido. A aprobar un rearme que eleve el presupuesto de defensa a niveles record, y una inversión en cazabombarderos nucleares de 130 mil millones de euros, símbolo evidente de la no violencia escapada hasta lo alto de los cielos...
Supongamos también que se discuta prolija y detenidamente, largo y tendido, sobre “democracia participativa” acatando el nuevo término fetiche de moda, aquel que puede hacer olvidar las prácticas lobbistas y los conflictos de intereses, el “opus dei” y las masonerías, los “poderes fácticos” y los que son “ocultos”, tras el mito de la gente que toma la palabra en público y participa. Que se repita “nunca sin la gente”, cuando sirve como mero expediente legitimador de las primarias como instrumento para obviar la debilidad del líder, para pasar a decir después, cuando el juego pasa a ser sucio y comienzan a intervenir los sucios, que atender esas expectativas y esos valores, un poco ingenuos e impolíticos, es cosa de almas inocentes. Que la política es algo muy distinto, cosa de expertos navegantes. De gente que sabe ensuciarse las manos. Y que los pactos que cuentan no son los estipulados con los propios electores y los propios territorios, sino los que ligan entre sí, con vínculos muy distintos, a los miembros de la coalición gobernante. Los señores de la decisión eficaz.
Supongamos, para acabar, que se reflexione durante decenios, por lo menos desde el 68 en adelante, -¿quién en esta izquierda, no tiene al menos en una peana una imagen sesentayochesca?- sobre la reprobabilidad del autoritarismo burocrátrico, de los aparatos disciplinarios de partido, sobre la escualidez de los procesos internos, de las purgas y de las depuraciones para medir el grado de “pureza” de los militantes (entre los que, se decía hace tiempo, cada cual encontrará siempre un puro, más puro, que te depure). Para, después, al primer tintineo de camapanilla en las aulas parlamentarias, desencadenar el mecanismo inquisitorial de los CC y de las Ccc (Comisiones centrales de control). Volviendo a proponer, sin el menor sentido histórico de la ironía, las mismas purgas que en otra era geológica depuraron a otros herejes, empleando los mismo términos, los mismos argumentos, que hace menos de diez años, con ocasión de otro tropiezo de Prodi, fueron empleados por otros en contra de él, mientras fuera de las sedes institucionales, donde el lenguaje permanece relativamente bajo control, pueden desencadenarse escenas mudas de caza, y cada uno –militantes probados y casuales viandantes, y profesionales de la polìtica y gigantes y cabezudos- puede arrojar su propia piedrecita sobre los réprobos de turno con el fin de regenerar “la comunidad de los santos”
Sé perfectamente que puede elaborarse un largo listado de buenas razones, para afirmar la inevitabilidad de todo esto. Sé que los partidos son divinidades exigentes, que pretenden afirmar el primado de la propia dimensión colectiva sobre los individuos que forman parte de ellos a costa de “sacrificios humanos” con tanto mayor rigor cuanto mayor es la convicción (sin que importe que esté más o menos fundada) del propio papel histórico, y de la propia función conflictual. Y que a menudo, los depurados podrán muy bien, en diversas circunstancias, transformarse en depuradores, al compartir en realidad la misma idea de grupo y de la organización del partido. Sé también que la apuesta era alta: la amenaza del retorno del “gobierno de los peores”. La caída de tantas esperanzas y la frustración de tantos esfuerzos de quien las había creído. Pero queda el hecho de que el espectáculo ha sido deprimente, desde el punto de vista estético –digamos que de “estilo”- antes que político. Que no se puede razonablemente, continuar practicando descaradamente la lógica de los dos pesos y las dos medidas: santificar la “libertad de consciencia” cuando concierne a un adversario que viola la disciplina de propio campo y sancionarla como deserción cuando se manifiesta en el propio. Y sobre todo, que no hay muchas razones para sentirse satisfecho
Ciertamente, desde el punto de vista de la crónica las cosas han acabado bien. Berlusconi se ha quedado en su sitio. El peligro inmediato de una venganza y de un desquite de la derecha ha sido superado. Prodi ha ganado algo de tiempo.
La perspectiva de “acuerdos amplios”, que tanto gusta a las altas instancias de la Unión, a su vez, debe plegar alas. Pero sería un error, creo yo, poner entre paréntesis estas semanas, como si nada hubiese sucedido. Y las cosas fuesen, más o menos, como antes. Porque las cosas no son en absoluto como antes. Durante el mes, o poco más, que culmina con la doble votación en el senado, en el eje que va de Vicenza a Roma pasando por Bucarest, algo se ha roto en lo profundo de la relación política –en el nexo que se establece entre sociedad y política- algo que afecta desde la raíz a la estrategia de la izquierda, en particuar de la “izquierda radical”. Es decir, de aquel componente del centro izquierda que había confiado buena parte del propio papel a la posibilidad de “actuar como representante” de lo que se mueve “abajo”. Al determinar que la fuente de la propia legitimación se fundamenta en la necesidad de hacer llegar las exigencias, los valores, las necesidades expresadas en el territorio y en la sociedad al nivel de las instituciones políticas, al círculo mágico en el que la espectativa social puede encontrar aquella eficacia que solo la política puede darle (por usar las categorías receinetemente expresadas por Fausto Bertinotti)
Las dinámicas que han precedido a la crisis (el edicto de Bucarest, la parafernalia de inquietud y miedo, organizada a ultranza por los ministros, los medios de comunicación, los gobernadores civiles y jefes d e policía, para diseñar el escenario de Vicenza, proyectando en él incluso las largas sombras de la investigación sobre las nuevas Brigadas Rojas); y después, sobre todo, el modo en el que se ha producido y dirigido la crisis (con la dramatización por parte de D´Alema del voto en la misma ponencia , el comportamiento astuto de los senatores vitalicios, las defecciones de la derecha oscurecidas por el clamor contra las de la izquierda); hasta llegar a la conclusion actual, nos dicen que el marco político es tan impermeable a las exigencias que surgen desde abajo, como para renunciar a los propios equilibrios mismos, incluso hasta “hacerse saltar por los aires”, con técnica kamikace, con tal de no dejarse obstaculizar. Que la indisponibilidad para escuchar (el verdadero escuchar, no esa ficción táctica que sirve para imponer mejor las propias decisiones) es tal que ni tan siquiera un eco, de aquellas voces, puede entrar en el palacio
Los 12 puntos que han rubricado la paz institucional en el seno de la coalición son 12 clavos bien largos clavados sobre la tapa de la caja de las buenas intenciones de quien esperaba lograr infiltrar en las alturas al menos el rumor de las voces de los territorios, ya se trate del Tren dealta velocidad o de las villas paladianas, de la exigencia de paz o de los Cpt. ¿Qué otra cosa ha sido esta crisis , por otro lado, si no una gigantesca parafernalia simbólica y de los medios decomunicación contra todas las exigencias “particulares” que no nacen ni se agotan en el interior del marco institucional del gobierno, única forma de “general” que esta clase política está dispuesta a reconocer? Y, en resumidas cuentas, la confirmación de la deriva oligárquica que está devorando a nuestra democracia (la democracia occidental, está, claro, no solo la italiana).
De la forma que la gobernación asume en la época de la globalización, en la que las relaciones “verticales” de representación entre gobernados y gobernantes deben, necesariamente, ceder ante la fuerza embargante de las relaciones “horizontales” de coalición y de asociación que vinculan entre sí a los gobernantes en redes amplias, que traspasan los territorios nacionales, los puentean, disuelven las responsabilidades del mandato (con los propios ciudadanos) dentro de la más amplia solidaridad con el propio papel (con los propios “iguales en grado”).
En este marco en el que el principio de representación está minado desde la raíz por la crisis de la “sociedad de la mediación” (las grandes agregaciones sociales del pasado, el papel de las organizaciones de masas y de las representaciones surgidas de los intereses) y termina en buena medida por dejarse sutituir por la práctica de la representación ( del espectáculo político –mediático) , la estrategia de quien creía, por así decir, “servir al pueblo” trasladando sus exigencias a la arena institucional corre el riesgo no solo de disolverse, sino de convertirse justamente en lo contrario. Ya no en recurso para quien está fuera y abajo, sino en potencial factor de amenaza. Ya no en medio a través del cual hacerse valer, sino en responsabilidad por la cual sacrificarse. Si las exigencias de quien cree en la paz como valor y no solo como técnica de gobierno, en el rechazo del uso de la fuerza, en el respeto del propio territorio, en el valor de la lentitud contrapuesta a la velocidad dominante, en la importancia de una economía de la sobriedad, contrapuesta al mito del desarrollo, son tan desestabilizadores que tan solo pronunciar su nombre en las sedes del gobierno suena como un sabotaje contra la estabilidad política, la existencia de los mismos representantes (directos o indirectos) en el ejecutivo se convierte en una carga demasiado pesada. Una responsabilidad excesiva, que termina por acumular sobre la cabeza de quien “desde abajo” practica aquellos valores todo el potencial de agresividad y de competitividad que caracteriza al espacio político central, al favorecer aquella ilusión óptica por la cual, tras la caída de Prodi, quien lucha en el valle de Susa contra el Tren de alta velocidad, o en Vicenza contra la base, o en Venecia contra Moisés, acaba por ver que se le achaca por entero el peso de la derrota del único gobierno de centro izquierda posible, y del retorno de Berlusconi
Quizá ha llegado el momento de reconocer que entre la lógica “horizontal” de las oligarquías gobernantes, y la lógica también “horizontal” de los denominados movimientos (en realidad de esa galaxia que comparte valores radicalmente antitéticos a los del relato social prevaleciente) existe ahora una fuerte incomunicabilidad. De lógicas y no solo de contenidos. Que los valores de los segundos son, ahora, tan universalmente radicales ( se miden en relación con el espacio –mundo y con sus extremas contradicciones) y tan proyectados hacia el futuro, que no permiten sino momentáneas y tácticas líneas de tangencia con lo que constituye para los otros el único universo político concebible, ferozmente ligado al aquí y ahora. Que aquel exiguo girón de cordón umbilical que sobrevivió hasta fines del siglo XX, y que es la práctica de la representación, ya no funciona en el nuevo escenario global. Y que todo, pero completamente todo –incluida la posibilidad de la supervivencia de la propia “izquierda”—, debe volver a ser pensado desde esta perspectiva.
Un asunto demasiado importante para dejárselo sólo a los políticos. O para reducirlo a la cuestión, ciertamente relevante, del destino de un gobierno.

martes, 21 de noviembre de 2006




Yo quería la luna. Entrevista
Pietro Ingrao



“Hemos sido derrotados, pero hemos vivido una experiencia extraordinaria. Hoy, a veces, el horizonte de la política me parece que se ha hecho más chico y más angosto”
Yo quería la luna, ardientes vivencias y atormentados recuerdos que tejen la historia personal con la experiencia colectiva del comunismo italiano. Pietro Ingrao acaba de publicar con ese título sus esperadas memorias. Gabrielle Polo le entrevistó para Il Manifesto el pasado 9 de septiembre.
Mirar hacia atrás para reflexionar sobre una vida intensamente política, para contar las virtudes de un mundo, pero sobre todo, y sin piedad, los propios “pecados”, los errores. En una confesión pública que no busca absoluciones, sino razones. Pietro Ingrao envía a las librerías Volevo la luna (Einaudi, 376 págs., 18,50 euros): más que una autobiografía, la investigación de un recorrido en el que él mismo figura “como parte de un sujeto que se sentía protagonista del mundo y de su transformación”. El sujeto es el movimiento comunista –o mejor, el comunismo italiano—, que es el centro de toda la narración. Con sus problema abiertos.
La reflexión autocrítica es el hilo conductor de tu libro. ¿Qué has querido transmitir con este trabajo?
La sensación, muy nítida, de una derrota de la que me convenzo a finales de los años 70, junto con la necesidad de reflexionar a fondo sobre nuestra historia y sobre la realidad, a fin de repensar nuestras categorías y reflexionar sobre el sujeto político. Tenemos que rediseñar nuestros “mapas”.
¿Quieres decir que sólo en la derrota se puede llegar a averiguar la verdad y a poder declararla?
Es una afirmación un poco tajante, aunque puede que para algunos sea así. Para mí se trataba de abrir camino a partir de la convicción nítida de una derrota concreta y dramática. Piensa qué golpe fue para nosotros la ocupación soviética de Praga en 1968, que ponía fin a un intento –apoyado por nosotros— de renovación democrática del socialismo. Todo nuestro mundo estaba en ebullición desde hacía tiempo y nosotros estábamos un tanto paralizados en la elaboración. Con el 68-69, sobre todo en Italia, se pone en discusión el concepto de representación –en lo que hace al sindicato, en los metalúrgicos el proceso llegó a ser arrollador—, y de ahí surge en mí una pregunta sobre la acción política en general. No sólo qué hace el Partido Comunista italiano, o qué es la Unión Soviética, sino qué es propiamente la política, y más profundamente, la convicción de que el sujeto revolucionario es, como escribo en el libro, “algo que se hace a partir de lo múltiple, el encuentro fluctuante de una pluralidad oprimida que construye y verifica su rostro en la lucha”. Es algo más que una crítica de izquierda del estalinismo.
El 68-69, sin embargo, parecía ofrecer una ocasión que no anunciaba derrota alguna. ¿Por qué no aprovechó el PCI esa “ocasión”, por qué, por ejemplo, no te impidió a ti –las palabras son tuyas— cometer un error grave como fue la expulsión del grupo de Il Manifesto? ¿Por qué prevaleció el principio de la fidelidad a la organización
Porque yo no creo en el minoritarismo. Con los compañeros del manifesto siempre hubo y hay una gran relación de solidaridad y amistad, pero no me pareció que fuera válida su propuesta de entonces sobre el asunto del sujeto político. Recuerdo las discusiones con ellos. Yo conocía bien el PCI, y les había dicho: “Os echarán”. Pero entrando más en harina, a mí no me resultaba clara su propuesta sobre el sujeto que había que poner por obra. Por lo demás, en lo que a mí hace, cometí el error grave y absurdo de votar a favor de su expulsión. Ese límite en la construcción del sujeto político lo he hallado luego en vosotros, los del manifesto, incluida la experiencia que vivido con vosotros en la Revista de los años 90. Un minoritarismo testimonial, que no me ha persuadido.
Entonces, tu autocrítica es esencialmente ética, como frente al pecado.
No, no hago valoraciones morales. Fue un doble error, el mío. El primero, sin duda, humano: abandonaba a mis amigos. Sobre todo la expulsión fue una decisión políticamente estúpida, no abría una discusión positiva, no hacía avanzar la consciencia común, valorando y comprendiendo las razones del desacuerdo en el propio campo.
Pero hubo una gran discusión en el Partido Comunista, en todas las federaciones, las actas fueron publicadas...
Pero todo estaba fijado desde el comienzo, aquella discusión fue sólo una formalización de una decisión tomada de antemano. En cambio, habría que haber usado aquella fractura para hacer frente a la crisis del leninismo. Ése era el nudo que precisaba atención.
A propósito del leninismo, y seguimos en los párrafos dedicados al Manifesto, tu hablas de ajustar cuentas con su “doloroso traspaso”. Eso “doloroso” parece casi un lamento, que como si dijeras que hay que admitir aquella defunción, pero estamos en presencia de una ausencia de alternativas, ante un vacío.
Decir que no había alternativa es demasiado pobre, y a fin de cuentas, inútil: pero, sin duda, el filón del que nos habíamos nutrido había dejado de ser utilizable. Todos sabíamos que en la URSS no había ya interlocutores. Pero el vacío de que hablas es incluso más fuerte a falta de una reflexión sobre la necesidad de crear un nuevo sujeto que sea el fruto de la “multiplicidad” de que antes hablábamos.
Lo “múltiple” da un gran sentido a la democracia, no sólo como una serie de reglas a respetar, sino sobre todo como práctica, a partir del respeto del disenso. ¿Tan imposible era, antes de los 70, permitir la manifestación del desacuerdo fuera de los reducidos grupos dirigentes?
De hecho ha sido así. Quien disentía, lo pagaba duramente, con métodos policiales, incluso, sobre todo en la vieja guardia. Como escribo en mi libro, eran tiempos difíciles...
Tiempos difíciles, pero de gran “plenitud”. Hoy tal vez sean más fáciles, pero tal vez te resulten más “vacíos”.
La pregunta es provocativa, porque se podría acusar a un viejo como yo de nostalgia por la juventud perdida. Mas yo no quiero ocultar un gran hecho que ha marcado a Italia: nosotros hemos sido derrotados, pero hemos vivido una etapa extraordinaria de la que ha brotado una experiencia de millones de personas que han hecho política cambiando el país, democratizándolo. Y además, nuestro horizonte no se limitaba a Italia: éramos parte de una “mundo” y de una práctica colectiva encumbrada y vital en tantas partes del planeta. Cuando fui a Vietnam y bajé a las ciudades subterráneas construidas como refugio contra los bombardeos americanos, yo, en aquellas galerías obscuras, divididas por muros de fango, me sentía en un espacio abierto e iluminado por una lucha creativa. Hoy, a veces, el horizonte de la política me parece que se hecho más chico y más angosto.
Pero, entonces, el que te sigas llamando comunista todavía hoy, a pesar de la derrota, de los errores y de las autocríticas, ¿va más ligado a ese pasado que al hoy?
Nosotros, los de mi generación, no hemos salido a buscar la respuesta a la crisis indiscutible el leninismo-estalinismo. Y, sobre todo por eso, somos unos derrotados. Pero, por un lado, en este país ha habido millones de personas que han crecido, también culturalmente, en la lucha política, y que han sido una parte decisiva de la experiencia democrática italiana; por otro lado, hoy, vemos la reaparición apologética de la guerra como realidad acuciante y destructiva que se expande por el mundo, mientras que ha desaparecido del léxico la palabra desarme: ya no hay quien la pronuncie, ni siquiera vosotros en el manifesto. ¿No te parecen buenos motivos para seguir llamándose comunista y para trabajar por la reconstrucción de un sujeto político a escala necesariamente internacional?
Perdona la digresión: tu has admitido en tu libro los errores cometidos respecto al grupo del manifesto. ¿Qué errores comete hoy Il Manifesto en lo tocante a sus lectores y a la izquierda?
Pero ¿por qué me haces esta pregunta?
Porque aquí tiene interés la opinión de un lector importante que ha sido, a su vez, director de un diario político.
Está bien. Digamos entonces que, a veces –perdona la impertinencia—, parecéis una secta aristocrática. Y lo digo con todo el afecto posible y el interés por lo que escribís.
Volvamos al libro, a su título, Yo quería la luna. ¿La ves más lejos o más cerca ahora esa luna, metáfora de inmundo distinto?
Te repito que este es un libro que cuenta una derrota...
Pero no crees que esta indagación tuya de toda una vida ha sido de uno u otro modo útil y fértil?
En lo que toca a los demás, no es a mí a quién compete decirlo. Para mí ha sido seguramente útil y fértil. La pasión política me ha hecho entender el mundo, y se convirtió en un pan necesario. La “luna” me parece ahora un poco más lejos: no respecto del inicio de mi travesía, sino que en los últimos años me parece haberse alejado un tantito. Yo llegué a la política por el impulso de una necesidad. Como tantos otros de mi generación y de mi extracción social, habría querido hacer otras cosas: dedicarme al cine, por ejemplo. Luego me vi empujador por los acontecimientos, a puntapiés; y la Guerra Civil española fue el momento clave que me llevó al compromiso con la lucha política. Allí empecé un camino que me ha llenado de cosas extraordinarias, que me hizo salir de la cáscara del individualismo y entrar en comunicación con millones de seres humanos. Esa ha sido la experiencia de los comunistas italianos. Pero ha entrado en crisis la forma históricamente recibida del sujeto político. Eso me resulta hoy grave, doloroso incluso, porque no veo una respuesta a la altura de los acontecimientos que han ido entretanto madurando. Mi generación ha pagado el precio de una forma restrictiva de multiplicidad (¿te acuerdas de lo que te decía hace un rato?) del actor político. Aquí está el enorme, extraordinario campo de la innovación. El sentido de mi libro, en resolución, se reduce por entero a proporcionar mi pequeño razonamiento a favor de esa gran y nueva investigación.

Siglo XX Grácil, amargo, áspero, tres anotaciones sobre una autobiografía

Rossana Rosanda


Quería la luna, de Pietro Ingrao. Retrato privado de un hombre público. De la clandestinidad antifascista a la larga militancia en el grupo dirigente comunista. De los recuerdos sobre su amada Laura a las preguntas sobre el fallecimiento del PCI.
Cuando Pietro Ingrao publicó en 1986, su primer libro de poesía (La duda de los vencedores, Ed. Mondadori) más de uno quedó confundido: cómo podía ser aquéllo; era el dirigente comunista más querido, el más firme, el seguro punto de referencia en la crisis del partido, y de repente revelaba una dimensión personal propia tumultuosa e inquietante, que pugnaba por encontrar un espacio en la forma, era como si dijese: no os pertenezco por entero a vosotros, mi comunidad política. Hoy, al volver sobre su vida, (Quería la luna, Einaudi, pp. 376, 18,75 €) aparta de sí nuevamente el icono de líder del pueblo y padre de la patria, de una pieza, el que en la sobrecubierta habla a las masas, de rostro aseverativo y mano levantada en ademán de exhortación. El icono –según dicen sus páginas-, es la cristalización forzosa de una trayectoria, interior y pública, de la cual, en el momento de hacer cuentas, se reordenan prioridades y pesos, y corre un gran riesgo de parecer vanidad. Ingrao sabe que es un hombre público, y se atiene a ello, incluso si acepta ceder algo al halago, pero sopesa sus logros y admite sus errores. Es una vida auténtica. El propio título abre un interrogante. ¿Quería lo inalcanzable o simplemente aquello que quería se ha quedado lejos? La respuesta queda en el aire. Pienso en los versos de Eluard: “Et s’il était à refaire, je referais ce chemin”. Sí, si hubiera que volver a hacerlo, volvería a recorrer este camino”. Con algo menos de ilusión o de arrogancia comunista.¿Y con qué resultado? Su actual camarada de partido, Fausto Bertinotti, no cesa de citar los versos de Kavafis en Itaca: lo importante no es el destino, sino el viaje. Pero el destino da sentido al viaje. El destino de Ingrao es que la revolución de los oprimidos contra la opresión, que está por realizarse, será distinta de como él la imaginó durante su anterior militancia y el sujeto de la misma será múltiple. Como camino, permanece, con todos sus escombros, el leninismo – estalinismo, pareja de sustantivos a los que todavía no se había enfrentado. Y la violencia
Un retiro sin aspavientos
A diferencia de su último trabajo de investigación, Anotaciones finiseculares (manifestolibri) en el que se interrogaba en primer lugar sobre la precarización del trabajo, Quería la luna, recorre, a partir de su propia experiencia personal cincuenta años de historia del siglo XX. Desde su infancia en el seno de una familia meridional de señores pobres, contradicción relevante, a su formación intelectual y política, ya de joven, en la (grácil) resistencia romana, y a la larga militancia en la cúpula del PCI, que se convierte en la posguerra en enfrentamiento (áspero) con la arrogancia del estamento dominante y con los campos en los que el mundo quedó dividido. Después vendrá la (amarga) división en el partido, preludio de una derrota mucho mayor, hasta la muerte de Moro.¿Por qué la muerte de Moro? Ingrao no había sido un incondicional del compromiso histórico, conocía suficientemente a la Democracia cristiana como para dudar del mismo, se lo había dicho a Berlinguer, no había sido escuchado y se había mantenido al margen. La razón es interior: desde aquel año no volverá a aceptar cargo alguno en el PCI, comenzando por la presidencia de la cámara que el partido quería encomendarle por segunda vez, después de habérsela encargado anteriormente para quitárselo de encima en la sede Botteghe Oscure. Siente “la necesidad de reflexionar sobre el fracaso de la estrategia del PCI en Italia”, sobre Europa, sobre el mundo que cambia. Quiere estudiar, investigar, comprender. Se trata de hacer política, pero ya no de “hacer de político”. Ingrao siempre ha abrigado dudas sobre la “febrilidad del hacer”, y no se ha hecho nunca ilusiones sobre lo que sea o deje de ser hacer de político. Se retira sin aspavientos. En el libro se trata esto en tan solo unos pocos, secos, renglones, antes de concluir con la figura solitaria y emblemática del Disperso de Marburgo, según el relato de Nuto Revelli. No abandonaba la militancia activa a causa de la edad; tiene en esa época alrededor de sesenta años y, por otra parte, aún no hace un par de años se incorporaba a una manifestación atravesando una Roma atascada en el sillín posterior de una moto. La dejaba a consecuencia de sus dudas, sobre las que había meditado largamente, respecto de la capacidad del partido para entender la evolución de los acontecimientos y de hacerles frente. En aquel momento se mantuvo en silencio al respecto, y en la actualidad no le achaca la responsabilidad de ello a éste o aquél. Y, a mi juicio, no porque haya llegado a la conclusión de que, desde el comienzo, el intento comunista estaba llamado a fracasar, porque su fruto estaba agusanado. En el crepúsculo de la izquierda que también fue la suya, siempre estuvo atento al despuntar de aquéllos que él ha sido el primero en llamar “los nuevos sujetos”. Pero en buena medida debe haber dejado de creer que el PCI lo comprendiese, y tampoco cree que ninguno otro lo haya entendido mejor. Vano, cuando no peligroso, debe haberle parecido el tormento padecido durante los años setenta. El adjetivo que más frecuentemente surge de su pluma ahora es “amargo”. Pero sin resentimientos. También él ha fallado, se ha equivocado. ¿En qué? En la supeditación al modo de ser del partido. Ésta le pesa mucho más que los errores de análisis y de previsión, de los cuales aquél es una causa. Si en la actualidad no propone una lectura diferente del cambio en las relaciones de fuerza, acaecido de los años sesenta en adelante, es por la complejidad del envite, no se le escapa la envergadura de la misma, y es una firme convicción suya que tan sólo un gran partido –no un totum revolutum de opiniones, sino un “intelectual colectivo”- hubiera podido hacerle frente. Pero, ni siquiera él mismo, recalca, ha podido apuntar preguntas y respuestas. Es demasiado severo consigo mismo. Muchos de nosotros sabemos que estaba mucho más atento que los otros dirigentes al cambio de las cosas, y que sobre ello ha pensado y escrito mucho. Aunque nunca se resolviera a extraer las consecuencias de ello cuando el partido no las extraía, Ingrao estuvo siempre un poco fuera y más allá de la línea del partido, pero estaba convencido de que no se hace política en solitario. Como si dentro de él resonase el brechtiano: “Camarada, no existe razón al margen de nosotros”
Tanto más cuanto existe una íntima consonancia entre su formación y la de la cúpula comunista italiana, la propia de su generación: una fuerte impronta moral antifascista, nacional – popular más que marxista, una aguda sensibilidad en favor de los oprimidos más que por los explotados, más por los vejámenes infligidos por los patrones o por el aparato represivo del estado que por el mecanismo capitalista de producción, que se le antoja abstracto, e incluso casi no humano. Humanismo contra “economicismo” es la “vía italiana”, y siempre me ha reprochado ser economicista. Este talante moral al que se ha plegado (porque se plegaba también) incluso Gramsci, y que en el debate interno, ha sido convertido inadecuadamente en la disputa entre meridionalistas nacional – populares y septentrionales – cosmopolitas, ha sido dentro del PCI, mucho más decisivo que la obediencia a la Vulgata marxista leninista de la URSS. En Ingrao se encuentra reforzado por aquel “historicismo absoluto”, que es lo contrario del determinismo (los poperianos jamás lo entendieron) y que procede del poshegelianismo filtrado a través del tamiz de Labriola y Gramsci. El descubrimiento cálido del abuelo garibaldino confluye con una Weltanschaung caracterizada por el entrelazamiento entre Risorgimento, antifascismo, democracia y opresiones del presente.
El cuerpo y la sangre del partido
En la experiencia subjetiva, las relaciones con el partido son más determinantes que las opciones adoptadas por el partido. La suya es una pertenencia cálida, directa, imponente. Tanto respecto de la base, como respecto del grupo dirigente, que no son lo mismo. La base está emparentada con el pueblo, con las masas que la cúpula interpreta y dirige, interpela y frena; de entre aquéllas la memoria aísla y recobra individualidades, hombres y mujeres con nombre y apellidos, con los cuales ha compartido días y esperanzas, alegrías o angustias, acciones y reflexiones inolvidables. En los comienzos, con el grupo romano, a medias entre generacional, amistoso y político, y después, -durante la insensata inflexión de la primera clandestinidad- con Salvatore di Benedetto que lo oculta en Milán o el viejo pastor que lo encubre en Sila. Después serán los cientos de personas, camaradas individuales, encontrados a lo largo de decenios de trabajo en l'Unità , o en la secretaría, o en el Congreso (en el cual Ingrao se ha movido como nadie , recuerdo un encuentro de trabajo colectivo con la asamblea de Montedison de Castellanza). La base es la pluralidad del país real, que se coagula en torno a las instituciones locales, en las comunas, terminales precisamente plurales de tradición secular y modernidad. Estas son el cuerpo, la sangre del partido. Otra cosa es el grupo dirigente, al que Ingrao fue elevado casi de inmediato. Es una cúpula imbuida de su propia responsabilidad, a la cual se es cooptado y en la cual se experimenta la solidaridad del trabajo colectivo, un cierto sentido de misión histórica y la discusión cotidiana sobre el que hacer. Y ésta, si bien a menudo es convergente, otras veces produce confrontación, convertida en acontecimiento dramático por la jerarquía y por un centralismo para el cual tan sólo la momentánea ocurrencia de una divergencia sería la catástrofe, lo destruiría todo.
Tan solo una vez lo desafía Ingrao, en el Xl congreso, donde presenta una hipótesis de modelo de desarrollo y de alianzas opuesta a la de Amendola (aunque en el libro a penas la recuerda), y una innovación de método, la legitimación del disenso (en el libro este recuerdo está muy vivo). Que sea acogido por un estruendoso aplauso por parte de los delegados cuenta poco frente a la gelidez del grupo dirigente. Quiere decir que ha perdido; aquel es el verdadero alcance de la confrontación. No intentará en modo alguno sublevar o dividir a la asamblea y soportará sin reaccionar la granizada de castigos que cae sobre él y los suyos. No protesta porque aún hoy cree haber violado una prohibición: es verdad que constituíamos una fracción, escribe. ¿Fracción por haber hablado con cuatro o cinco de nosotros , y por haber discutido con Lucio Magri el discurso que iba a pronunciar en el Xl congreso? A pesar de que nos tratasen como fracción, no lo habíamos sido. No habíamos tratado de reunir ni una sola vez a los camaradas que sentíamos más próximos . Los conocíamos a todos y nos conocían todos, hubiera sido un enfrentamiento duro, pero no existió. Este fue el único desafío. Cada “ingraiano” se movía aisladamente, con más o menos acierto, por respeto a un líder que parecía querer todo el partido o nada.
Será así incluso más tarde, después de la caída del Muro de Berlín, a la que estas memorias no llegan. Ingrao rechaza el cambio del nombre del partido, sabe que significa cambio de identidad y de posición. Pero cuando se coagulan en torno a él las esperanzas de una ruptura y una vuelta a empezar -una Refundación dirigida por él en lugar de por Armando Cosutta- no se le oye. El camarada Ingrao no es un escisionista. La pasión entra en contradicción con el método, ambos introyectados. Pondrá en juego, por última vez, todo su peso contra la guerra del Golfo. Después, saldrá del partido, solo, sin consultar a nadie.
La férrea pertenencia
Hoy siente esta inmobilidad como una culpa, pero más por ciertas consideraciones de carácter ético que en virtud de este o aquel análisis, de los que, sin embargo dependían el presente y el futuro del PCI. Su juicio sobre los camaradas de la dirección es generoso, incluso indulgente con quien le había hecho la guerra, como Amendola, de quien recuerda una sucia amenaza sin dar el nombre. Tan sólo de uno de ellos se siente lejano, de Togliatti, a quien no llama “el camarada Togliatti”. Lo llama “aquel jefe”. Aquel jefe ha mentido callando o hablando, aquel jefe ha brindado por la invasión de Budapest, aquel jefe ha impedido la discusión sobre 1956 definiéndola como un atraco contra uno mismo, y haciendo callar con eso a todos. El Ingrao de hoy no se perdona haber callado, peor, de haber escrito a favor de la invasión de Hungría –sin embargo no callaba por vileza, sino por compartir fanáticamente el método interno, por una contradicción entre dos principios de lucha. Muchos años después fuel único comunista de relieve que interviniese en el segundo congreso sobre el Este, de Il Manifesto, en donde no se usaban en absoluto perífrasis. Pero era 1981 y él estaba fuera del grupo dirigente.
Y esta es la prioridad de las relaciones. En un partido o en un grupo, ésta significa pertenencia. En otro tiempo, nosotros la llamábamos más fríamente adhesión. Pertenencia es una ligazón más profunda, implica vínculos que la mera racionalidad no sospecha. Ingrao se acusa de traición por haber votado en 1969 la exclusión del grupo de Il Manifesto del Comité Central. ¿Pero qué traición? Era evidente que no hubiera participado en nuestra empresa. No lo había aprobado y pocos de nosotros nos habíamos atrevido a hablar desde la tribuna en el Xll congreso. Cuando le hablamos de la revista nos advirtió que, a pesar de la garantía dada por Berlinguer, seguramente seríamos sancionados. Nos separamos del modo más limpio y amistoso. Si alguno se sintió abandonado fue mucho más tarde, después del 89, en Arco, cuando con alguna razón se esperaba de él el lanzamiento de un nuevo inicio.
Para este último Ingrao, que “parte de sí”, la relación con cualquier otro ser viviente, persona o grupo, es la relación esencial, a través de la cual filtra la verdad de la experiencia pública y privada. Y esto es lo que hace que queden desteñidos en sus páginas los rasgos de la apuesta sobre la que una y otra vez se ha puesto en juego nuestro destino, y el del país, y además de eso: cuál era la alternativa que se perfilaba tras la muerte de Togliatti, qué era verdaderamente, el partido de Berlinguer, que consistencia tenía, más allá de las negociaciones en la cumbre, el encuentro entre DC y PCI, católicos y comunistas, cómo se fue diseñando la crisis de los socialismos reales y la respuesta del neoliberalismo al llegar a los últimos años 60 y los 70 –cómo madura, en resumidas cuentas, a través de qué pasos, la crisis que hace época del comunismo-. Sus páginas recuerdan el estruendo del mundo, como se oye el estrépito de una marejada, esbozan los grandes motivos del sufrimiento humano y de la redención; no lo analizan en absoluto. El tiempo de optar ha pasado.
Como algo absoluto y dulce permanece la familia, raíz y lugar al que retornar. Laura, la compañera de su vida, Laura a menudo más fuerte y avisada que él (no por ello lo dice claro, siempre macho italiano él), Laura que resuelve, Laura madre que se las tiene que apañar con sus cinco retoños, Laura que es la pasión, y el ojo indulgente. Y las hijas, intermediarias físicas del 68 romano, conocido tan sólo a través de ellas, el hijo al que ha dado su nombre en la resistencia (y ni siquiera esto había comprendido Togliatti), la gran tribu de los Ingrao en la vieja casona de Lenola. Y después los lapsos de tiempo de follaje y sol y mar que irrumpen en los años y en el recuerdo, la felicidad física. Es el primado de la persona en una experiencia que no habría podido ser más pública.
Esto es Pietro Ingrao visto por sí mismo. No está, además, el otro, semejante y diferente, aquel que ha atravesado por dentro la prueba política de muchos de nosotros. La serie de retratos que le hizo en los años ochenta Alberto Olivetti, y que han sido brevemente expuestos en el Auditorium de Roma con ocasión de sus noventa años, dicen de él más que las millares de fotografías que acompañan el itinerario como una estela
N. del T. Nuto Revelli comunista y antiguo partisano, escritor que narra historias mediante las que da voz a los desheredados, y a los perdedores, oyó diversas narraciones populares según las cuales, durante la segunda guerra mundial, en la provincia de Cuneo, hubo un oficial alemán bondadoso, que fue capturado y ejecutado por la resistencia en 1944 . Nuto Revelli emprendió una obstinada y rigurosa investigación histórica a través de la que reconstruyó la historia transmitida de forma oral y la publicó bajo ese título. Las memorias de Ingrao se cierran con capítulo dedicado a este libro

El problema es que hacer y como hacerlo


El problema es que hacer y como hacerlo. (1)


En mi opinión los documentos presentados pueden ser aprobados sin ningún tipo de problema. Contienen elementos de análisis interesantes, con los que coincido, mientras que hay otros en los que coincido menos. Pero es indiferente aquello que aprobemos como documento político o las mejoras que se podrían hacer a estos documentos vía enmiendas o por la vía del debate.

El problema que tenemos no es de programa. Tenemos superávit de programa, sobretodo si nos atenemos a las fuerzas que tenemos para aplicarlo. El problema que tenemos no es de documento político. Podríamos poner una fábrica de documentos políticos. El problema no es simplemente de organización de la subjetividad política. La crisis del movimiento comunista en el estado español dura hace ya muchos años. No se trata, simplemente, de una crisis de dirección, no se trata, simplemente, de una crisis de organización. Si fuera así, cualquier “vanguardia” dotada de la “verdadera ciencia marxista” ya hubiese ocupado el espacio a fuerza de voluntarismo. Por ejemplo, el PCC o el PCPE. Por ejemplo, el PRT.

Es cierto que crisis de dirección y crisis de organización hay. Pero es una crisis subsidiaria de un problema mayor: la crisis del sujeto social. No reconocer que el tema esencial es la crisis del sujeto social, el cambio radical de este sujeto, su metamorfosis absoluta, significa equivocarse de modo grave en lo que es más importante: el que hacer. Lo que es más importante ahora no es que escribir, sino que hacer y también, como hacerlo.

Volverse a equivocar en eso significa seguir poniendo el carro delante de los bueyes, significa equivocarse de nuevo en la apreciación del momento, que no es todavía de construcción política si no de reconstitución de clase, por tanto de acumulación de fuerzas, de lucha ideológica y cultural, de construcción de nuevas formas de socialización. ¿Quiere decir que no debemos estar organizados? Quién afirme que yo digo eso me difama gratuitamente. Hay gente que lo está haciendo.

La clase obrera industrial ya no es lo que era en los años sesenta y setenta. La clase obrera, el proletariado ha cambiado radicalmente. Las únicas luchas obreras industriales que vemos son luchas defensivas cuando no resignadas, de negociación de los cierres, de las indemnizaciones, de las prejubilaciones. El textil catalán cierra todo, entero o casi, en el silencio, y eso cambia nuestras ciudades y nuestra sociedad: de la ciudad-fábrica pasamos a las metrópolis como una reserva de fuerza de trabajo. Las Sabadell, Terrassa, Igualada, Mataró que conocimos ya no son los mismas. Cierra el metal: cierran la UH en Sabadell, y la AEG en Terrassa. Empresas del metal que fueron la cuna de toda una generación del movimiento obrero y popular de los barrios.

Cuando los chinos nos vendan sus coches magníficos, modernos, a precios de entre 3000 y 6000 ¿donde quedará la SEAT y su industria auxiliar? Así mismo, ¿qué posibilidades reales tenemos de intervenir en esta lucha desde fuera? Con la simple impresión de que nuestras hojas “han sido bien acogidas”.

Parece como si la etapa de la competencia global del capitalismo consistiese en la venganza del capital contra el ciclo de luchas de los años sesenta y setenta y sus conquistas. Aquel ciclo de lucha, como pasa siempre, ha servido para conquistar mejores condiciones sociales pero también como motor de aceleración de la dinámica interna del capitalismo. La competencia global como la ha denominado acertadamente el amigo Luciano Vasapollo nos ha cambiado radicalmente el escenario político. La lucha de clases ha pasado de la ciudad fábrica a las conurbaciones. La vieja clase obrera industrial agoniza en tanto que sujeto social mientras se produce la recomposición del proletariado metropolitano.

La nueva fase de desarrollo capitalista ha variado de una forma radical la composición de clase del proletariado. Insisto, no ver eso, no reconocer esta nueva situación, no identificar el problema, comporta un error en el que hacer. Y no somos tantos, ni tenemos tanto tiempo, como para equivocarnos otra vez. La tarea principal ahora es la encuesta. El conocimiento empírico de las capas y grupos sociales que conforman la nueva composición de clase del proletariado metropolitano. El estudio no de sociología académica si no de sociología militante de las nuevas realidades de clase. Sobre todo, de cómo funciona realmente la construcción de identidades, la percepción que tienen las nuevas capas obreras de si mismas, como se comportan en la realidad, como se socializan. Proponer a partir de este trabajo nuevas formas de socialización o reforzar aquellas que de forma incipiente se producen, esta es nuestra tarea principal hoy. Como ha sido siempre la de los comunistas.

Construir organización sin este análisis previo significa hacer lo mismo que hicimos, repetiremos por enésima vez lo que hicimos dentro del PSUC, del PCC o de EUIA. Activismo sin análisis, táctica sin estrategia. Aún peor, el peligro ahora es construir hiperactivismo grupuscular. Y esta no es la prioridad de Assemblea Roja.

Algunos ya hicimos la crítica del eurocomunismo el año 1982. Y construimos el grupúsculo: el PCC. Un grupúsculo que parecía un partido: en Catalunya tenía cerca de 8000 militantes y vendía entre 8 y 10 mil semanarios con una red de 40 locales por todo el territorio y con células en las principales empresas y barrios obreros. Influía o tenía la mayoría en diversas uniones locales y comarcales y federaciones de CCOO. La falta de análisis de los cambios que sufría la composición de nuestra clase, junto a otro fenómeno al que ahora me referiré (el tomar como referente en la construcción del partido un modelo que correspondía a una fase anterior), han deshecho el grupúsculo y han convertido sus restos en una combinación entre lobby sindical y grupo de liberados institucionales. El radicalismo de algunas frases de nuestro documento actual se queda atrás respecto al radicalismo de los documentos de aquel grupúsculo. Ahora, además, falta la gente. Los resultados finales de todo esto son previsibles.

El otro aspecto que creo imprescindible de tratar además de que hacer, es el como hacerlo. Es necesaria una verdadera revolución interior, en el sentido de un cambio radical de cultura política. La construcción política no es un simple acto de voluntarismo y de credibilidad carismática. Es algo más complicado y difícil, es algo más capilar, más microfundamentado. Ninguna de las culturas políticas comunistas del siglo XX nos servirá, por muy gloriosas que sean, y por muy orgullosos que estemos de ellas. Nadie puede cancelar lo que representa la revolución rusa, ni el frente popular, ni la resistencia antifascista europea, ni la guerra civil española, ni la defensa de la república, los brigadistas internacionales, ni el maquis, ni la resistencia antifranquista. Hechos y tradiciones de las que nos sentimos herederos. Pero la cultura política a construir hoy no puede ser, ni será, una reiteración de los “buenos viejos tiempos”. La cultura comunista para el siglo XXI se habrá de construir entroncando con aquellas viejas y buenas tradiciones pero asentándose en las realidades actuales.

Tampoco el trostkismo, que teniendo razón moral en la denuncia de los crímenes que se cometieron contra ellos, puede ofrecer ningún ejemplo claro y real de aplicación exitosa de sus tesis. El documento está demasiado lleno de ideas básicas del trostkismo, con las que, os lo digo claro, no me identifico ni creo que llegue a identificarme nunca. Me refiero a implícitos teóricos, a propuestas políticas y a propuestas de organización. Me refiero a que hacer y a como hacerlo.

Creo que debemos rehacer de arriba a bajo la forma en que entendemos la política y la organización, y creo que eso está estrechamente ligado a un problema de concepción central, que es el de la relación entre la democracia y el comunismo. No me alargaré en este tema por que he escrito mucho sobre el y aquel que quiera saber que pienso no necesita más que leer mis trabajos, concretamente mi intervención en Roma el septiembre pasado o la intervención conjunta que hice con Joaquín Miras el julio pasado en la escuela de formación de CR en Amayuelas. También se puede releer el documento fundacional de Rojos i roges.

Lo que quiero decir, en síntesis, es que con una mezcla de liderazgo carismático y de entrismo no construiremos una organización. No se puede transformar en dirección política una coordinación a la asiste la gente voluntariamente sin que les haya elegido nadie, nadie se puede erigir en dirigente sin estar dispuesto a ser dirigido. “El educador, como dice la 3ª Tesis de Marx sobre Feuerbach, ha de ser educado”.

En este apartado quiero incluir las dificultades que tenemos para comprender que era y como se articulaba el inmenso movimiento social que derrocó al gobierno fascista de Aznar, o ahora, por ejemplo los movimientos de los “rebeldes primitivos” de las conurbaciones francesas. O la estrechez con la que analizamos fenómenos revolucionarios como el movimiento antiglobalización, o la revolución en curso en Venezuela. O el sectarismo que significa contraponer la perspectiva ciudadana a la perspectiva de clase, errores que ni Marx ni Lenin cometieron nunca.

Construir con estas perspectivas erróneas y con estos métodos de construcción, acaba produciendo verdaderos monstruos. La experiencia la hemos hecho demasiadas veces en nuestro país y en el conjunto de Europa. Si hemos salido del PCC, del PCE y de EUIA no es para repetir en metodología los mismos modelos que criticábamos. Insisto que el problema no consiste en tener un programa más claro y radical que el PCC, el PCE o EUIA. Eso sería demasiado fácil. El problema es de cultura política y organizativa. El problema es de claridad en el tema capital como es la relación de la subjetividad social con la subjetividad política. El problema es comprender en que fase de la construcción estamos.

No ha habido ninguna revolución social triunfante que se hiciese bajo un programa socialista o comunista (perdonad me gustan más estas expresiones que la ambigua expresión “anticapitalista”). Las revoluciones triunfantes las han hecho las masas con reivindicaciones tan simples como el pan, tierra, la paz o la independencia nacional. Tres ejemplos: Rusia, Vietnam, Cuba. Para que una reivindicación como esta (que podría ser digerida por el sistema) se convierta en revolucionaria se necesitan nada más que dos condiciones:
a-que sean una necesidad real y urgente de las masas proletarias, campesinas y populares (o sea: que no puedan continuar viviendo sin conseguir esta reivindicación). O sea que las fuerzas productivas (el proletariado es la principal fuerza productiva) estén dispuestas a morir para poder vivir y acabar con las fuerzas destructivas.

b-que la reivindicación sea antagónica con las tendencias de fondo de la fase concreta del desarrollo capitalista.

Los revolucionarios que han conseguido dirigir estas revoluciones tenían la capacidad de relacionar esto con su totalidad concreta (o sea, el marco concreto en el que se movían) y actuaban en consecuencia no criticando las insuficiencias de los movimientos reales de los trabajadores y tratando de imponer el propio programa, si no acompañando los movimientos, interviniendo, aprendiendo y estudiando las tendencias de fondo. Eran consecuentemente democráticos. En este contexto la relación entre democracia y comunismo no es un tema libresco ni ideológico, es directamente político y práctico.

Acabo con tres ejemplos prácticos de lo que quiero decir:

- Yo no considero a Chávez como a un caso de “bonapartismo atípico”, comparable a Perón o Lázaro Cárdenas, como han dicho recientemente algunos miembros de CR en un boletín sobre la revolución venezolana. No considero que nuestra tarea sea criticar y diferenciarse del chavismo para construir “rancho aparte”. Considero que en Venezuela hay un proceso revolucionario en marcha y lo que se debe hacer desde Europa es pura y sencillamente apoyarlo. Hablo de Venezuela y hablo del método de trabajo para Catalunya.

- La crisis del gobierno Lula en Brasil no se resuelve por el intento de construir una coordinadora de grupúsculos salida del PT, o en reforzar uno que nunca ha estado (realmente) en el PT. Creo que la vía más adecuada es aquella que nos señala el MST: estudiar la nueva situación, resituarse en ella, continuar construyendo movimiento social, nueva forma de socialización, nueva cultura política y de lucha. Hablo de Brasil y hablo de Catalunya.

- En el movimiento republicano. No creo que el problema consista en ver quién agrupa más gente detrás de una pancarta en una manifestación. El problema no es ver quién es más radical en la crítica al monarca. Tampoco en afirmar que en el fondo no queremos una república burguesa sino socialista. Eso ya se ha hecho en España en otros momentos. Lo hicieron el MC y la LCR en los setenta. Los hizo el PCC en los ochenta. El problema es más de fondo: construir de forma microfundamentada con organizaciones capilares difusas por todo el territorio en que se practique la cultura republicana democrático-popular, en que se organice sociedad civil alternativa que funcione con criterios republicanos. El problema es empezar a cambiar nuestra propia forma de hacer política y hacerla de forma republicana. Eso no se puede hacer sin conocer mínimamente nuestra tradición republicana democrático-popular. Otra cosa significa condenarse a ejercicios de verborrea, alejados de las necesidades actuales de construcción y acumulación de fuerzas republicanas. Otra cosa significa no comprender como vino la segunda república a España y volver a repetir los errores cometidos por los comunistas aquel 14 de abril de 1931, en la época de Bullejos. Unos errores que el propio PCE ya se autocriticó hace unos setenta años.

Hechas estas consideraciones, repito lo que decía al principio: el documento político no me parece malo del todo y no tengo inconveniente en hacerlo mío en todo lo que no contradiga lo que acabo de exponer.

Intervención de Joan Tafalla en el segundo encuentro de Assemblea Roja-Corrent Roig, Barcelona 12/11/05